Redefiniendo el teorema de Pitágoras
Si tuviera más tiempo libre, saldría con mi cámara más a menudo y podría incluso tener una sección semanal (o diaria, el ser humano es capaz de esto y mucho más) dedicada a las estupideces que se ven por ahí; resultado de unas cuantas cabezas no pensantes y unas manos que no hacen, sino deshacen.
La suma del (cabezón) cuadrado de los catetos ya no es igual al cuadrado de la hipotenusa, sino a esto:

Hace unos meses renovaron la carretera que une mi barrio con otros, renovación que incluía guardarraíles nuevos. Los pusieron y, como viene siendo costumbre en un barrio de macarras como éste, al día siguiente ya se podía apreciar la primera huella del piñazo de un coche. Durante los días siguientes fueron apareciendo más (por ejemplo, la de la foto). Después vinieron las farolas nuevas en una zona de la carretera donde nunca antes las hubo (y como si no las hubiera porque llevan puestas desde julio-agosto y aún no se han dignado a encenderlas). Y los señores que colocaron dichas farolas, como buenos borregos, hicieron su trabajo sin preguntar, poniendo una de ellas en la zona donde les habían indicado. Da igual que el guardarraíl estuviera metido hacia dentro por algún descerebrado con un León o un C4. La farola se pone a toda costa, aunque sea por delante.
El día que algún otro se hostie en esa zona, se dará contra la farola directamente y, con un poco de suerte, ésta se caerá en medio de la carretera provocando que otros coches se la peguen. O algún motorista (ahora que está de moda) se dejará la espalda ahí. Una cagada a la española: a lo grande, para que no digan. El ayuntamiento ya tendrá tiempo de mirar para otro lado, como siempre.
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