Malas noticias
Se dice que no hay que preguntar algo cuando no se desea oir la respuesta. Y bien cierto que es.
Con todas mis buenas intenciones mandé un email general a todas mis amigas de la anterior carrera para preguntarlas qué tal las iba después de tanto tiempo sin saber de muchas de ellas. De momento solo una ha contestado y, para lo que me ha dicho, casi prefiero que no lo hubiera hecho. Desde luego, una no espera que al preguntar la vayan a dar malas noticias y por eso se te queda cara de gilipollas y una profunda tristeza cuando te dicen que a una vieja amiga tuya le han diagnosticado un cáncer linfático, con tan solo 23 años. O que el chavalín de 15 años que supuso el reto más importante en tu anterior profesión, el que más dolores de cabeza y desesperación te provocó pero con el que más aprendiste a mejorar como profesional y como persona y al que acabaste cogiendo más cariño, murió ahogado el año pasado en la piscina de la residencia donde estaba interno; probablemente porque algún director hijo de puta que solo piensa en recortar gastos por pura avaricia, no tenía contratado el suficiente personal encargado del cuidado de los internos ni los medios adecuados. ("Dejad que David juegue a su aire con la pelota; así no nos molesta". Enhorabuena, ya no os molestará nunca más). Ahora mismo solo se me ocurre una agonía comparable a morir de esa manera, y es estar jodidísima con la quimio y sin saber si las cosas van a salir mal o bien.
Y a ver quién tiene huevos de irse a dormir con este jarro de agua fría encima...
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